El oído de iván cepeda: el acuerdo nacional y la vía colombiana

La columna propone hablarle al oído al candidato presidencial Iván Cepeda en el contexto del Acuerdo Nacional impulsado por la Alianza Por la Vida, no desde la confrontación ideológica sino abordando su raíz estructural: el modelo económico; sostiene que la polarización colombiana responde en gran medida a un sistema que ha generado crecimiento sin equidad y exclusión persistente, por lo que plantea como salida un Capitalismo Progresista que reequilibre mercado, Estado y sociedad, convierta al Estado en generador de valor, promueva competencia real, formalización e inversión social, y permita construir un pacto económico serio como base de reconciliación nacional, superando tanto el neoliberalismo como las soluciones simplistas basadas en la destrucción del sistema.

Óscar González AranaÓscar González Arana

La aparición de Iván Cepeda en el escenario nacional representa un cambio súbito en las formas de la acción política. Llegó el respeto, el contenido, los criterios, la sobriedad, el método, la escritura y el documento. Toda una novedad frente al ramplón estilo vigente.

Leer discursos en la plaza pública generó inicialmente burlas. Luego de más de un centenar de documentos leídos, esa novedad a la vieja usanza comenzó a generar credibilidad. Se puede compartir o no su contenido, pero no estamos frente a un simple cambio de forma. Podemos admitir la relación dialéctica entre forma y contenido, o acudir a Zubiri y a la unidad física entre contenido y formalidad en la realidad

En Colombia, el odio no es una metáfora: es una realidad política, social y económica. Se ha instalado como lenguaje cotidiano, como método de confrontación y como forma de entender al otro. Por eso, cuando Iván Cepeda propone un Acuerdo Nacional, la pregunta no es si es necesario, que lo es, sino si estamos dispuestos a construirlo sobre bases reales y no sobre consignas vacías.

Mi propuesta es simple en su formulación, pero de alcance estructural: hay que hablarle al oído de Cepeda. Y hacerlo desde su raíz más profunda: la economía.

Colombia no está fracturada únicamente por razones ideológicas. Está fracturada por un sistema económico que ha producido crecimiento sin equidad, riqueza sin distribución y progreso sin cohesión social. El resentimiento no surge en el vacío: surge cuando amplios sectores perciben que el sistema funciona, pero no para ellos.

El Acuerdo Nacional no puede limitarse a un pacto político. Debe convertirse en un acuerdo sobre lo fundamental: la economía. Y ese pacto exige una arquitectura conceptual clara. Propongo, en ese sentido, establecer como eje estructural el Capitalismo Progresista, adaptado a las condiciones de Colombia.

No se trata de socialismo ni de continuar el neoliberalismo. Se trata de un rediseño institucional del capitalismo para que el mercado funcione verdaderamente al servicio de la sociedad, con una prioridad explícita en la erradicación de la pobreza y la opción preferencial para los menos favorecidos. La idea no es reemplazar el mercado, sino garantizar que opere con libertad, sin dominancia y con objetivos sociales definidos.

Durante décadas, el modelo neoliberal promovió en Colombia baja tributación para los sectores más altos, desregulación y debilitamiento del Estado. Los resultados prometidos, eficiencia y bienestar general, nunca llegaron. Lo que sí se consolidó fue la concentración de la riqueza, la captura institucional por intereses particulares y una desigualdad persistente que hoy cuestiona a la democracia.

El Capitalismo Progresista parte de una premisa distinta: los mercados son indispensables, pero no suficientes. Requieren reglas, instituciones y un Estado capaz de corregir fallas estructurales, intervenir y generar valor. Como lo ha planteado Joseph Stiglitz, se trata de un nuevo contrato social que reequilibra las relaciones entre mercado, Estado y sociedad civil.

Esto implica abandonar dos ilusiones igualmente dañinas: la de la “mano invisible” que todo lo corrige actuando a favor de los poderosos y la del Estado omnipotente que todo lo sustituye. Ni lo uno ni lo otro. Lo que se requiere es diseño institucional: competencia real, regulación inteligente, control de monopolios y un Estado que intervenga estratégicamente junto a la iniciativa privada como fuente generadora de riqueza para todos..

El punto más incómodo, pero inevitable, es este: el Estado colombiano no puede seguir siendo un actor pasivo que se limita a recaudar impuestos y endeudarse. Debe convertirse en un promotor de ingresos para el erario. En términos de Mazzucato, se trata de redefinir el papel del Estado como actor activo y emprendedor en la creación de valor público.

Resulta paradójico que el déficit fiscal crezca mientras existen activos públicos subutilizados, fondos financieros inmóviles y un enorme potencial productivo desaprovechado. El problema no es solo la falta de recursos; es la falta de gestión. Sin un erario saludable no hay reformas sociales sustentables. Sin dinero la causa social es demagogia.

El Capitalismo Progresista propone que el Estado participe activamente en la economía, no como sustituto del mercado, sino como su socio estratégico. Esto implica dinamizar activos públicos, desarrollar instrumentos financieros productivos y fortalecer la banca de desarrollo como herramienta de acumulación. Es la hora de una Revolución Financiera, en la que se creen Fondos Soberanos, el Banco de la Salud, y unos instrumentos financieros para hacer rentable el patrimonio público. Hacer realidad la transformación productiva, la reindustrialización selectiva en sectores estratégicos: agroindustria, fertilizantes, manufactura liviana, energía, inteligencia artificial, tecnología y salud . Es posible sustituir importaciones.

Se requiere transformar la SAE, potenciar el Grupo Bicentenario y crear un sistema de Fondos Soberanos, en asocio con inversión privada y control ciudadano.

El mismo principio aplica a sectores como la salud y las pensiones, donde se administrarán recursos de dimensiones extraordinarias. En manos inexpertas o capturadas por intereses particulares, esos recursos se diluyen. En una arquitectura institucional adecuada, pueden convertirse en motores de sostenibilidad fiscal y bienestar social.

Se requiere un cambio de concepto para valorar positivamente el papel de la empresa y de la inversión privada en el desarrollo social y económico. Un país con más empresarios y con más empleo y generación de riqueza, exige reformular la visión antagónica capital-trabajo para construir una visión de unidad en torno a la economía con prosperidad para todos.

Otro debate ineludible es el de los recursos naturales. Colombia posee una riqueza minera y energética considerable, pero ha oscilado entre su explotación desordenada y opaca, y su rechazo ideológico. El Capitalismo Progresista propone una vía alterna: aprovechar estos recursos bajo condiciones ambientales estrictas y con beneficios equitativos para el país. El dilema ético consiste en mantener la necesaria diversificación entre los diversos sectores rompiendo la dependencia de la industria extractivista, pero sin renunciar a la industria minero-energética, sin la cual no hay ni recursos suficientes para respaldar las policías sociales, ni hay soberanía energética.

El dilema no es entre desarrollo y sostenibilidad. El dilema es cómo lograr ambos. Y la respuesta no puede ser renunciar a la riqueza disponible mientras las finanzas públicas se deterioran. Arcas menguadas y riqueza natural, ese es un tema central.

Hablarle al oído de Cepeda es hablarle a quienes sienten que el sistema los excluye. Pero también es decirles que la solución no está en destruirlo, sino en transformarlo. El Capitalismo Progresista no es una utopía: es un intento serio de corregir los errores del modelo sin renunciar a sus realidades.

El Acuerdo Nacional y la Alianza por la Vida tienen una oportunidad histórica si logran pasar de la retórica a la estructura. No se trata de reconciliar discursos, sino de rediseñar instituciones. No de pactar sobre el pasado, sino de construir el futuro. No de arriar banderas, sino de izar intereses comunes.

Cepeda afirmó: “En el tiempo de la mentira, lo nuestro es el poder de la verdad y el respeto mutuo”. Pues bien: que ese sea el punto de partida.

Colombia necesita más y mejor democracia, pero sobre todo un modelo que funcione. Y eso exige algo más difícil que confrontar: exige pensar.

Hablarle al oído a Cepeda es un acto de racionalidad política. Y hoy, más que nunca, Colombia necesita menos consignas y más inteligencia.

Bogotá D.C., mayo 10 2026